martes, 10 de enero de 2006
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Reinaldo Merlo ya se fue de un día para el otro de Racing (siendo campeón y con estatua hecha) y de Estudiantes. Y acaba de hacer tripleta en un River que ama y conoce desde purrete, aunque ahora con una diferencia recordando instancias de cuando asumió el cargo, hace apenas un semestre, por segunda vez en su vida (como entonces lo volverá a suceder Daniel Passarella; ¿casualidad y causalidad?). Frente a un José María Aguilar que había salido a buscarlo en emergencia, Mostaza dijo emocionado: "Vuelvo a mi casa".

Señores: aquí hay gato encerrado. Nadie se va de su casa por un entredicho con Marcelo Gallardo, un jugador que anda por el ocaso de su carrera y que en River está muy lejos de tener la chapa de un Beto Alonso o Enzo Francescoli para no ir muy lejos en la galería sagrada. Gallardo hizo esto con el guiño de alguien. En cualquier club europeo que se precie (y no de los muy grandes) al cabecilla de una asonada como ésta, de tercer nivel, lo tiran por la ventana.

Es esto lo que ha provocado el portazo de Mostaza, se sintió solo, defraudado, como en Racing y Estudiantes por distintos motivos. No sería extraño que ahora, junto con el nuevo técnico, lleguen los refuerzos en algún momento prometidos. A Merlo le hablaron de un equipo a nivel de Fernando Belluschi, Fabricio Coloccini, Luciano Figueroa, Ezequiel Lavezzi y Fabricio Fuentes. No de "un cuatro (que es Ferrari, dicho con respeto) y veremos". Si ahora ocurre, la maniobra sería evidente: Aguilar y compañía querían la salida de Mostaza y no iban a ser ellos los ejecutores.

La dirigencia de River todavía está a tiempo de mostrarse a la altura de la gloriosa vitrina del club. Si esta historieta no los involucra, Gallardo no puede quedar como el dueño de la pelota.

Ningún galáctico de Real Madrid daría este paso en contra del técnico. Y se habla de un nivel de fama y contratos inimaginables bajo estos cielos. A lo sumo hablarían en una mesa privada con el presidente del club si éste les pide opinión. Silvio Marzolini abarajó a un Diego Maradona ya figurón en 1981 y le dijo que en Boca el día del partido debía viajar en el micro con sus compañeros y no en el coche con su familia.

En 1987, volviendo de Córdoba con un River perdedor, un jugador trascendental del equipo, campeón del mundo, se sentó al lado mío en el avión y con pudor, porque nos conocíamos de mucho tiempo, me dijo —no para publicar (y así fue)— que el plantel creía que el sistema de Carlos Griguol no hacía al estilo de River. Timoteo, después, se fue cuando cumplió el contrato.

Podría relatar cien casos similares. ¿A tanto llegó la degradación en el fútbol argentino? ¿No hay más estamentos de respeto? Así y todo me niego a creer que un tal Marcelo Gallardo puede echar al técnico del Club Atlético River Plate.
Publicado por Rox_Utd @ 22:30  | Noticias Extras
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